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#QuedarseEnCasa ¿Será igual para todos? Una reflexión desde la Arquitectura

Actualizado: 23 ago 2021



Foto: Acosta Vildósola Arquitectos



Desde hace algunas semanas nos encontramos en aislamiento domiciliario obligatorio determinado por el Gobierno debido al COVID–19, lo cual es indispensable como prevención para cuidar la salud pública. Sin embargo, esta repentina vida dentro de casa las 24 horas del día nos lleva a múltiples reflexiones y evidencia, también, graves situaciones antes no percibidas o, aun haciéndolo, no atendidas.


¿Será igual quedarse en casa para todos?


Claro que no. No es lo mismo tener una vivienda cómoda, con los ambientes y servicios básicos adecuados que permitan las necesarias condiciones de higiene y en la que se puede convivir sin mayor complicación, a tener una vivienda con la precariedad en la que viven gran parte de las familias de Iquitos. Según el INEI (2018) el 71.8% de su población urbana vive en barrios marginales, asentamientos informales o viviendas inadecuadas.


En ese sentido:


Los espacios que frecuentamos se han reducido a la casa, donde ahora se desarrollan múltiples funciones antes no contempladas: el hogar, el trabajo (para los que lo hacen fuera), el colegio, la universidad, la plaza, la calle, las actividades individuales y las colectivas, la nueva organización de las tareas del hogar, y se hacen indispensables los acuerdos entre los miembros de este para hacer más llevadera la convivencia. Pero ¿qué pasa cuando las viviendas no están preparadas para esta nueva realidad? Ya sea por la poca flexibilidad y adaptación de los espacios de la casa a las “nuevas actividades” o por las reducidas dimensiones de los ambientes resultado del afán de “sacarle mayor provecho” al terreno, o en aras de un mayor desarrollo inmobiliario incluso normando la reducción de las medidas mínimas necesarias en los reglamentos de edificaciones que han llevado a la especulación y al predominio de la rentabilidad sobre la calidad de la vivienda. Y si hablamos de la vivienda informal y autoconstruida, donde no hay reglamento que valga y en donde, además, el hacinamiento es una constante, veremos que el problema es mucho mayor.


La informalidad en la construcción y la autoconstrucción han generado la producción de una vivienda con deficientes condiciones de habitabilidad que se traducen en, por ejemplo, ambientes mal iluminados y mal ventilados, hogares sin áreas libres suficientes o inexistentes y las casi nulas áreas verdes en ellas; así como el uso de materiales inadecuados y en mal estado de estos que permiten, por un lado, la filtración del agua de fuertes lluvias provocando ambientes con alta humedad que enferman a los más vulnerables y, por el otro, los convierten en espacios sofocantes ante el recurrente calor, en donde el único desfogue es salir a la calle, lo que hoy está prohibido hacer.


Pero no solo la vivienda informal sufre condiciones de inhabitabilidad. La vivienda formal, que innumerables veces le ha sacado la vuelta al reglamento, ha reducido al mínimo las áreas interiores y ha eliminado las áreas libres que hoy estaríamos ansiosos de tener. Sin embargo, no solo se trata de la “no aplicación” del reglamento en las edificaciones recientes, sino que algunas de estas se han limitado a los extremos mínimos establecidos por el mismo, sin un juicio previo de cómo esto afectará la habitabilidad de cada espacio. Esto nos lleva a preguntar: ¿es acaso el mismo reglamento (R.N.E.) adecuado para cada rincón del país? La normativa no debería ser igual en Iquitos que en Cuzco, debido a las obvias diferencias climáticas y geográficas. Actualmente, contar con un único reglamento puede conllevar a disminuir o perjudicar la calidad arquitectónica de la vivienda. Incluso los programas de vivienda social promovidos por el gobierno caen en los mismos problemas en lugar de dar soluciones pertinentes y de calidad.


Lavarse las manos varias veces al día y en general mantener una higiene adecuada son las principales recomendaciones para contrarrestar el virus, pero cuando más del 40% de viviendas en Iquitos no cuentan con el servicio de agua potable, otro sector de la población solo tiene el servicio por horas y el 60% no accede al servicio de alcantarillas (PDU, 2011) no solo no es posible hacerlo, sino que se acrecientan los riesgos para la salud de las personas. En estas semanas, hemos visto como los acaldes de Iquitos metropolitano, “en un acto de humanidad”, han llevado cisternas de agua a las poblaciones vulnerables, lo cual evidencia que se tiene conocimiento del problema pero que poco se hace por revertir la situación. Resulta increíble pensar que en pleno siglo XXI no se puedan atender las necesidades básicas que permitan a la población vivir de manera saludable. Hoy, tal vez, entendamos la importancia y la prioridad de la salud en la vida de las personas y que el riesgo a perderla ha inmovilizado al mundo. Mención aparte es el problema de la basura, el cual aumenta aún más los riesgos de salud de las personas.


Esta crisis, que ha llevado a paralizar gran parte de nuestras actividades cotidianas y nos ha confinado dentro de nuestras viviendas, nos debe dejar varias lecciones y retos. Entre ellos, la importancia de contar con una vivienda digna como un derecho de todos los peruanos; nos debe llevar a repensar la manera cómo hemos concebido hasta ahora la vivienda y su relación con la ciudad; debe replantear los reglamentos de acuerdo con la ubicación geográfica de las edificaciones para garantizar la calidad espacial interior y el confort de las personas y debe orientar el trabajo coordinado de las autoridades para generar políticas públicas que permitan a todos vivir seguros y saludables.

Mientras tanto, sigamos quedándonos en casa para protegernos.


Publicado en Diario la Región el 06 abril 2020 y en Periódico Luz Verde de Loreto

 
 
 

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